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X

Nunca he querido sonar más alto
de lo que suenan tus gemidos,
pero insúltame la boca a besos,
que la chica de los hoyuelos tristes
quiere pasar su risa contigo.

Hay camas que hemos deshecho
que ahora están hechas con más amor
del que tú me hacías a mí.
Con todos esos papeles de pared que arañamos,
por si nuestras espaldas no fuesen suficientes.

Hay quien cree en la poesía
y nunca te ha visto lamerme,
como el lobo más valiente,
con el rabo entre las piernas.

Ven a ponerme los puntos bajo las íes,
y a ocuparme los espacios de las manos;
recítame desnuda,
y desnúdame la piel.

Me gusta cuando bajas a jugar
y me haces subir a tu tejado a quitarte piedras.
Me gustas cuando bajo a jugar
y tú te ocupas de llenar mi tejado de piedras.

Todos tus lunares marcan la X en el mismo sitio,
y menuda mierda de mapa que no tiene
un maldito lugar donde follarte.

Ven y déjame sin todo;
puedo escribirte los versos más oscuros está noche.

Eres un funambulista que usa de red mis bragas,
como todos esos paracaídas que rechazaste por mis manos;

quiero ser sin ti lo que nadie ha sido contigo.

 

 

 
No sé que puedo decirte que no hayas sentido al leer los poemas de Sireia, una genialidad a la cual extraño pese a que tenga un nuevo blog. Este es uno de mis poemas favoritos porque lo identificada que me sentí y sigo sintiendo con “la chica de los hoyuelos tristes quiere pasar su risa contigo” no tiene precio.

Espero que les guste tanto como a mi, cuiden sus letras y disfruten de un trocito de su alma.

La fuente de estas magníficas letras.

La imagen del post de hoy le ppertenece a la autora del poema💕

 

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Bienvenue.

Bienvenidos a La estación de Âme, gracias por empezar a ser parte de este grandioso viaje. Ahora te pregunto, ¿te has propuesto metas en la vida?

Yo sí, muchas ¿vosotros los habéis cumplido? Yo algunas. Otras, no.

Espero que con este nuevo proyecto no me pase eso. Sinceramente no tengo ganas de dejarlo a medias, pero eso ya lo he dicho antes.
Espero que vosotros me ayudeis y juntos seamos apoyo.

En cada post les dejaré plasmado mi visión del mundo en el que habitamos, podrán compartir sus experiencias durante el viaje y mostrarme sus perspectivas -estaré encantada de leerles-.

“Camina hacia el futuro” es la frase principal de mi película animada favorita, se las comparto. No se queden estancados en un sitio, no miren ni se arrepientan sobre aquello que pasó o no llego a ser, caminen siempre hacia el futuro y disfruten cada día.

Les contaré un poco más sobre mi y es que, me suelo inclinar por la música indie, por los artistas independientes que no están tan el foco central de la industria, pero eso sucede porque suelen ser ellos quienes cumplen con mis expectativas y gustos, con el hecho de que toda la vida me he considerado un anacronismo atemporal, tal cual me lo viene diciendo Carlos Sadness en cada letra de su canción Sebastian Bach, así que, te doy el permiso de ir corriendo a escucharla y el privilegio a tu vida de conocerlo.

 

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Continuidad de los parques.

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

FIN

Julio Cortázar.

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El autobús.

Te preguntas por qué diciembre

te eligió a ti entre tanta gente

mientras te pintas los ojos para ver

si cambia el mundo.

Tiras las preguntas sobre la cama

como quien vacía un bolso en ella

y te viene a la cabeza el día en que rompisteis

y se os atravesó el destino en la garganta.

Vuelves a los mismos pensamientos una y otra vez

y vas haciendo tu lista de reproches contra el mundo.

Te gustaría volver a una región sin sobresaltos

pero la niñez es sólo una foto amarilla.

Poco a poco se va haciendo de noche,

la tarde lo va llenando todo de cuervos

y el destino no clava ningún mensaje en tu contestador.

Le das alguna calada más al fracaso,

ese cigarro inacabable,

intentas esquivar las preguntas una y otra vez,

como a un invitado

que no se da por aludido cuando acaba la fiesta

y no quiere marcharse.

Buscas el interruptor para apagar tu cabeza

y hallas refugio en una serie tonta americana.

Piensas en todo lo que le dirías

si le volvieras a tener enfrente

y te recolocas la tristeza en el pelo.

Sé que no pides consejo a nadie

porque corres el riesgo de que alguien te diga la verdad.

Vives esperando un volantazo del destino

harta de echar de menos el cuerpo al que renunciaste.

Entonces ignorabas que esto pasaría

y que echar de menos es renunciar al presente.

El día pasará y la vida seguirá,

ganarán los mismos

perderán los de siempre,

y quizá, si eres paciente,

si dejas de correr –y te perdonas–

la vida deje de ser ese autobús

que se escapa justo cuando llegabas a la parada.

 

Marwan.

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Los pobres en la estación de autobuses.

Los pobres viajan. En la estación de autobuses

levantan los pescuezos como gansos para mirar

los letreros del autobús. Sus miradas

son de quien teme perder alguna cosa:

la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta

que tiene el color del frío en un día sin sueños,

el sandwich de mortadela en el fondo de la mochila,

y el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.

Entre el rumor de los alto-parlantes y el traqueteo de los autobuses

temen perder su propio viaje

escondido en la neblina de los horarios.

Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,

aunque las pesadillas sean un privilegio

de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas

en consultorios asépticos como el algodón que tapa

la nariz de los muertos.

En las filas los pobres asumen un aire grave

que une temor, impaciencia y sumisión.

¡Qué grotesco son los pobres! ¡Y cómo molestan sus olores

aun a la distancia!

No tienen la noción de los conveniente,

no saben portarse en público.

El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado

que del sueño retuvo apenas la legaña.

Del seno caído e hinchado un hilillo de leche

escurre hacia la pequeña boca habituada al lloriqueo.

En los andenes van y vienen, saltan y

aseguran maletas y paquetes,

hacen preguntas impertinentes en las ventanillas,

susurran palabras misteriosas

y contemplan las portadas de las revistas con aire espantado

de quien no sabe el camino del salón de la vida.

¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas extravagantes,

esos amarillos de aceite de dendé que lastiman la vista delicada

del viajero obligado a soportar tantos olores incómodos,

y esos rojos chillantes de feria y parque de diversiones?

Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.

Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort

aunque algunos de ellos tengan hasta televisión.

Verdaderamente los pobres no saben ni morir.

(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal  gusto)

Y en cualquier lugar del mundo molestan,

viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares

aun cuando vayamos sentados y ellos viajen de pie.

 

Lédo Ivo.

 

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El ruido de un trueno.

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

 

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

 

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

 

-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

 

-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es…

Eckels terminó la frase:

-Matar mi dinosaurio.

-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

-¿Trata de asustarme?

-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

 

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

 

-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.

 

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

 

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

 

-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.

 

-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

 

La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

 

-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

 

El sol se detuvo en el cielo.

 

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

 

-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler… no han existido.

 

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

 

-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

 

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

 

-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

 

-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

 

-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

 

-No me parece muy claro -dijo Eckels.

 

-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

 

-Entiendo.

 

-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

 

-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.

 

-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

 

-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

 

-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

 

-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?

 

-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

 

-¿Para estudiarlos?

 

-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?

 

-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?

 

Travis y Lesperance se miraron.

 

-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

 

Eckels sonrió débilmente.

 

-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

 

-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma…

 

Eckels enrojeció.

 

– ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

 

– Lesperance miró su reloj de pulsera.

 

-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

 

Se adelantaron en el viento de la mañana.

 

-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

 

-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

 

-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.

 

– Ah -dijo Travis.

 

-Todos se detuvieron.

 

Travis alzó una mano.

 

-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

 

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

 

Silencio.

 

El ruido de un trueno.

 

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

 

-Jesucristo -murmuró Eckels.

 

-¡Chist!

 

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

 

-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

 

-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.

 

-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

 

-¡Cállese! -siseó Travis.

 

-Una pesadilla.

 

-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

 

-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

 

-¡Nos vio!

 

-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

 

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

 

-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

 

-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.

 

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

 

-¡Eckels!

 

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!

 

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

 

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

 

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

 

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

 

El trueno se apagó.

 

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

 

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.

 

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

 

-Límpiense.

 

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

 

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

 

-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

 

Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?

 

-¿Qué?

 

-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

 

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

 

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

 

-Lo siento -dijo al fin.

 

-¡Levántese! -gritó Travis.

 

Eckels se levantó.

 

-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

 

Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera…

 

-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

 

-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

 

-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

 

Eckels buscó en su chaqueta.

 

-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

 

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

 

-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

 

-¡Eso no tiene sentido!

 

-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

 

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

 

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

 

-No había por qué obligarlo a eso – dijo Lesperance.

 

-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.

 

-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.

 

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

 

-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.

 

-¿Quién puede decirlo?

 

-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

 

-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

 

-Soy inocente. ¡No he hecho nada!

 

1999, 2000, 2055.

 

La máquina se detuvo.

 

-Afuera -dijo Travis.

 

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

 

Travis miró alrededor con rapidez.

 

-¿Todo bien aquí? -estalló.

 

-Muy bien. ¡Bienvenidos!

 

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

 

-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

 

Eckels no se movió.

 

-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?

 

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…, se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco…

 

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

 

De algún modo el anuncio había cambiado.

 

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

 

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

 

-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

 

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

 

-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.

 

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

 

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

 

– ¿Quién… quién ganó la elección presidencial ayer?

 

El hombre detrás del mostrador se rió.

 

-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?

 

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

 

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…?

 

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

 

El ruido de un trueno.

 

 

Ray Bradbury.

Publicado en Taquilla.

Violación, ¿normalizada?

¡Bienvenidos viajeros! Hoy hablaremos de un tema interesantísimo y al que aún no se le da la importancia que merece ni se le ha quitado el tabú que surge después de su visibilizarían.
Comenzaremos con esta interrogante: ¿las porno promueven la violación? Sí, el porno es machista, denigrante y además de falso. Lo que ves en una porno es como el hombre disfruta de dominar a una mujer, que realmente cumple el papel de un objeto allí, que según disfruta de ser maltratada psicológicamente, torturada y golpeada.

El sujetar por el cuello a tu compañera sexual porque es lo que muestra el porno no significa que sea lo que a esa persona también le guste.

Preguntarle a tu pareja qué le gusta o si está cómoda con algo de la práctica sexual no está mal, es algo que debe hacerse.

No creas que lo que estás mirando en esa pantalla es la realidad.
Se sabe que “no es no” pero saberlo no lo hace más fácil, igual cuesta decirlo porque es temor, es el miedo lo que te impide hacerlo.

No sabes cómo formular y decir todas las cosas que te pasan por la cabeza en ese momento. En este tema no solo se debe liberar la mujer y hablar, tú como hombre también puedes dar un paso.
Recomendaciones:
Para los padres: hablar sobre ello desde una experiencia y hacerlo antes de la pubertad.Entre los 4-7 años se puede comenzar por contarle a los niños en qué sitios no los debe tocar un adulto ni un contemporáneo de su edad y por qué.

A la hora del baño también es un buen momento para hablar de las partes privadas.

A partir de los 10 años y antes de los 13 años hablar plenamente del sexo y desde la experiencia ¿Por qué? Porque primero rompes el hielo al contarlo desde una vivencia, las preguntas que puedan surgir las puedas manejar y segundo que con un ejemplo tus hijos pueden ver qué debe ocurrir y qué no, tercero es la edad entrada en la pubertad y es mejor que tus hijos quieran resolver sus dudas contigo que eres su padre que con Internet o con un desconocido donde la información muchas veces no es la idónea.

Para las parejas: decir qué nos gusta y qué no de la práctica sexual desde el principio de la relación y después o antes del sexo.
La base de toda buena relación es la comunicación, algo que muchas veces se olvida. Llegados a este punto donde tu pareja y tú quizás ya están pensando en intimar es buen momento para empezar a comentar qué les gusta y qué no y si es tu primera vez contarlo después entonces porque en el sexo no cuenta la satisfacción de uno y del otro no, cuenta la de ambos que sea una experiencia agradable para las persona involucradas.

Para los instituciones educativas: hablar de esto en los colegios y no una sola vez al año, hablar del abanico del sexo: las diferentes parejas, los juegos, las prácticas sexuales, la masturbación, el porno, la protección, lo que espera el hombre y lo que espera la mujer.

La mejor recomendación es no es hacerlo de forma muy gráfica y grotesca, porque así no se logra el objetivo.

Tanto en casa como en el colegio se debe hablar de ello, a los jóvenes en su pleno crecimiento les surgen más dudas, tienen más preguntas que deben de ser contestadas en los lugares donde están siendo educados, eso quiere decir, tanto en casa como en el colegio. Que las dudas se las aclaren profesionales y no Internet o un desconocido.

 

El sexo forma parte de nuestra vida desde que nacemos, no hay por qué hacerlo tabú. Hablar con los jóvenes al respecto y educarlos bien al respecto ahorrará muchos inconvenientes a futuro.

 

Nos leemos pronto viajeros, puedes comentarme si has pasado por este momento con tus hijos, tus padres, profesores o hermanos.

Publicado en Taquilla.

Psicoblablá.

¡Bienvenidos viajeros una vez más a la estación de Ame! Gracias por estar aquí y leerme -me gustaría leerlos a uds también la verdad, esto te lo digo con la voz de Fran en The Nanny cuando mira a la cámara-.

En esta ocasión te hablaré de algo que comentaba en el post anterior y eso es sobre los pseudoterapeutas, esas personas que hoy en día usan la psicología cotidiana para “ayudar” a las personas con su sabiduría popular.

 

Antes de entrar en materia entendamos esto;

 


Psicoterapeuta, es un término que no está regulado y puede aplicarse a cualquiera que haga terapia, incluidos quienes carecen de título o formación, por lo tanto, también carecen de conocimientos psicológicos y metodológicos.


 

Perfecto, iniciemos.

 

Si hay algo que les puedo decir con toda certeza y ese algo lo vengo escuchando, leyendo, comprendiendo desde que inicie la carrera. Resulta que, la psicología no es el genio de la botella al cual le cuentas todas tus dudas, le dices tus deseos y te los cumple con un chasquido, no. Eso no pasa así, la psicología no puede resolver todos los problemas, pero sí nos puede facilitar técnicas y herramientas para lograr eso que queremos, para afrontar las emociones.

 

Quizás por este motivo el psicoblablá y los pseudoterapeutas están triunfando, porque una de las características del ser humano es buscar lo más sencillo sobre todo si se trata de nuestras emociones y nuestra conducta.

 

Acudir al psicólogo nos ayuda a tener una actitud objetiva que será útil a la hora de analizar nuestro comportamiento y nuestras relaciones con el resto.

Hay quienes acuden al psicólogo en busca de respuestas sencillas ante problemas complejos, pero la psicología seria, a diferencia de la popular, no da recetas como explicaciones. En vez de ello te presenta datos precedentes de la investigación desde diversas perspectivas, que tendrán que ser evaluadas e integradas con pensamiento crítico.

Los métodos de investigación y la confianza en los datos la diferencia de las pseudociencias y el psicoblablá.

El psicoblablá resulta atractivo porque confirma nuestras creencias y prejuicios, por el contrario la psicología suele cuestionarlos, aunque también busque ampliar la comprensión de los hechos corrientes.

Los métodos de investigación utilizados por los psicólogos permiten distinguir las conclusiones que se apoyan en datos de las creencias sin fundamentos.

Como bien lo dije en el post de Hulk dentro de la psicología existen diversas escuelas y diversos tipos de terapia ¿Por qué? Porque si algo tiene el conocimiento son las diversas formas que hay para comprenderlo, quizás sepas que hay personas que aprenden mejor de forma auditiva, otras visuales y otras kinestesicamente (a través del tacto). Bueno, esto va más o menos así, para Vygotsky el aprendizaje se daba gracias a la influencia del entorno. Piaget no descartaba esto, pero para él la curiosidad del niño era el motor de su propio aprendizaje ¿Quién tiene la razón y quién se equivoca? Ambos tienen razón. Cada una de sus teorías surge de acuerdo a su experiencia, eso ocurre con las otras teorías que nos presenta la psicología y de acuerdo a cada teoría existe una terapia, por lo cual existe una dentro de la cual te sientas a gusto, no pienses que sólo existe una y como esa no te dio los resultados que esperabas o en el tiempo que esperabas quiere decir que esté mal y no te puede ayudar.

Hay una frase trillada “somos diferentemente iguales”, bien es cierto, cada uno de nosotros aprendemos de las experiencias y de las vivencias, las cuales a veces necesitamos vivirlas para comprenderlas, otras no es necesario y es por ello que te animo a no quedarte ni con una única información ni con una única experiencia terapéutica.

No todos los psicólogos tienen la misma escuela, aunque todos son formados en todas las corrientes, así como hay psicólogos clínicos, industriales/organizacional, educativo, forense hay también variedad de terapias como la humanista, cognitivo-conductual, psicoanalítica, Gestalt, entre otras.

 

Hemos llegado al final del post, esto ha sido una pequeña muestra del mundo de la psicología seria y la popular, en un próximo post ahondaremos en otros por qués. Espero les haya gustado, puedes comentarme si has ido a terapia y cómo ha sido tu experiencia.

¡Nos leemos pronto viajeros!

Publicado en Tienda de regalos.

Nada nos conmovió tanto.

Nada nos conmovió tanto a los catorce años como la muerte de María, la niña pura del libro de Jorge Isaacs. Este tomito, encuadernado en cuero rojo, con cantos y tafiletes dorados había pertenecido a la biblioteca del abuelo Ricardo Alfonso, y lo hallé en uno de sus baúles en la habitación frente al tanque. Solamente esas paredes saben cómo lloré durante el proceso de enfermedad, muerte y entierro de María.

Entonces cuando iba al cementerio de arriba a visitar la tumba de Edda Eligia, la hermanita muerta, me parecía ver la misma siniestra ave negra posada en el brazo de hierro de la cruz. Al yo acercarme, el pajarraco levantaba el vuelo graznando lúgubremente.

Mi mayor felicidad entonces hubiera consistido en que la tuberculosis acabara con la hija de Narciso Blanco, pero los Blanco eran tradicionalmente una familia de gente sana.

FIN.

 

Alfredo Armas Alfonzo.